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Los signos de una vida

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“Nunca hice un esfuerzo por hacer una muestra acá, estaba esperando que me vieran. Uno llega a cierta edad y puede darse ciertos lujos”, dice Silvio Ferraro cuando la charla está a punto de desvanecerse. A eso parece apuntar el título de la muestra que se inaugurará este viernes 30 a las 20 hs en el Murray.

“Ahora yo” suena a “hola, soy Silvio Ferraro, artista plástico –entre otras cosas-, nací en Rosario, me fui a Buenos Aires porque Rosario expulsa sus talentos, después me fui a vivir a Roma, París y Londres, expuse en todos esos lugares y más, volví a Rosario para terminar aquí, en Funes, donde muchos ni saben quien soy; pero ahora voy a mostrar un resumen del arte con el que recorrí las galerías del mundo”.

Suena pretencioso, pero la carrera de esta hombre mayor, de cara cubierta por barba y bigote, pelo hacia atrás y audífono en su oreja derecha, vale la pena. Vestido en una gama que va del marrón al verde oliva, dominando una de las mesas del patio delantero del bar de Elorza y San José, se dispone a contar algo del zigzagueante recorrido por el que el destino lo sacó a pasear.

“Vos tenés este grabador, que tiene una cubierta dividida en cosas, y ¿dónde está la máquina de esto? Es invisible. Las cosas siempre tienen un detrás, es como mirarse en un espejo, vos tenés tu figura reflejada y lo que tenés detrás del espejo. Bueno, eso es lo que yo pretendí siempre incorporar a mi pintura, es decir, detrás de un signo otro, y otro, y otro”, dice.

Más allá del impacto estético que puedan provocar sus figuras, del agrado o no del espectador, hay en cada una de ellas la búsqueda de evidenciar un engranaje subterráneo de algo. “Nada está casual, es una cosa muy meditada y muy medida. Es como si yo tuviera un gran microscopio, me interesa mucho más celularmente, una cosa, un dibujo, un plano, porque aparecen toda una serie de situaciones que en un registro normal no lo vas a encontrar.”, explica.

Adentrarse en la obra de Ferraro exige tomarse un tiempo para lograr deconstruir esos encadenamientos de signos que bucean en el detrás de cámara de las cosas. Jésica Savino, directora del Murray, sobre quien Ferraro dice que entendió muy bien la obra, escribió en la invitación a la muestra: “Ferraro es una obra-tablero de juego, donde cada pieza encuentra su movimiento y crea un universo que la sustenta en la relacionalidad. Un juego en devenir, los puntos de llegada son infinitos”.

“Mi pintura es una pintura muy basada en el grafismo, porque yo soy gráfico y soy diseñador industrial, o sea que yo me he formado tanto en la parte volumétrica, con movimiento inclusive, como en la parte plana, que es el grafismo, que sale de la escritura del blanco y negro”, dice Ferraro, que estudió arquitectura en la UBA y terminó siendo diseñador industrial, trabajó como diagramador en las revistas de la editorial Abril (fuerte en aquella época, los 60), se hizo diseñador gráfico y ganó plata erigiendo una empresa dedicada a fabricar muñecos didácticos para niños.

Estratégicamente instalado a metros del Instituto Di Tella, por su estudio de calle Florida -en la Galería del Este- pasaron muchos de los exponentes de la vanguardia artística. Mujica Láinez, Beatriz Guido y Marta Lynch anduvieron por el local. Por la zona conoció a Sábato en la época en que escribía Sobre héroes y tumbas en un bar en donde “tenía su mesa con su mantelito y su florerito”. “No vas a ser nada en la Argentina”, le dijo el escritor cuando Ferraro le contó a que se dedicaba. “Ya te vas a acordar de mi”, le retrucó cuando le agradeció el “piropo”.

Todo ese bagaje, atravesado también por su acercamiento al mundo de los autos, lo impulsaron a construir sus primeras esculturas de movimiento. Un amigo lo animó a presentarse a pedir un préstamo al Fondo Nacional de las Artes y se lo concedieron. Con ese dinero hizo su primera exposición en la galería Lirolay de Buenos Aires y ya no se separó del arte, trabajando principalmente con acuarelas, témperas al gouache y el collage.

 El mundo

Su recorrida por las salas del mundo comenzó con un hecho disruptivo la mañana que leyó en el diario La Opinión que la junta militar había depuesto el gobierno de Estela Martinez de Perón. Aquella noticia que para muchos trajo alivio a Ferraro lo empujó a irse del país. “Mañana a la mañana voy a Alitalia y saco dos pasajes para Italia”, le dijo a su mujer. “Yo he perdido muchos amigos. Por eso me fui, asqueado de lo que era la alcahuetería, de la falta de bolas que tenía la gente, de no denunciar la cosa. Cuando vos tenés pensamiento sos un tipo sospechoso”, dice.

Se estableció en Roma, y formó una agencia de publicidad “de todo tipo”. A la par siguió con el arte. “Siempre fue lo que más plata me dio –cuenta-. Hice una muestra en la primera iglesia de Roma, hicimos una instalación sobre las abadías benedictinas. Con la guita me compré una Mini Cooper, y no la Mini de acá, esa porquería, la auténtica”, cuenta, como recordando la gloria.

Trabajó en la Universidad de Venecia y llegó a hacer un semestre con Humberto Ecco en la Universidad de Bologna. Vivió algunos meses en París (“los franceses tendrán de todo pero tienen unos huevos bárbaros”, dice) y en Inglaterra, en donde cuando se le acabaron las libras esterlinas del banco el Ministerio de Hacienda le dijo “goodbye”. Pero a mediados de la década del 80 la enfermedad de su madre hizo que se terminara su aventura europea.

Volvió a Rosario donde forjó el Instituto de Tecnología del Diseño, fue exitoso durante varios años pero el corralito (el “cavallazo”, dice) lo dejó sin alumnos y con la cara en el polvo. El nuevo siglo lo encontró golpeado económicamente y a disgusto en un Barrio Martin que había sufrido la llegada de “un aluvión de tarados”. Huyendo compró un lote en Funes y levantó su castillo.

“En esta época del medioevo hay que tener un castillo propio para guarecerse. Esta es la nueva edad media, porque la pantalla de colores te hace acordar a los vitrales de las catedrales nada más que el Dios no está ahí adentro. Hoy la gente no piensa, tiene reflejos que no es lo mismo. El castillo es lo que te podés llegar a armar si tenés suerte, hacete una fortaleza chiquita aunque sea, donde poder soñar, y estar ahí, donde nadie te joda”, dice, para luego levantarse, saludar e ir a su casa a esperar unos vidrios que encargó.

 

Crónica publicada el 30 de mayo de 2014 en el periódico Info Funes.

Fotos de Vanesa Fresno.

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