Los signos de una vida

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“Nunca hice un esfuerzo por hacer una muestra acá, estaba esperando que me vieran. Uno llega a cierta edad y puede darse ciertos lujos”, dice Silvio Ferraro cuando la charla está a punto de desvanecerse. A eso parece apuntar el título de la muestra que se inaugurará este viernes 30 a las 20 hs en el Murray.

“Ahora yo” suena a “hola, soy Silvio Ferraro, artista plástico –entre otras cosas-, nací en Rosario, me fui a Buenos Aires porque Rosario expulsa sus talentos, después me fui a vivir a Roma, París y Londres, expuse en todos esos lugares y más, volví a Rosario para terminar aquí, en Funes, donde muchos ni saben quien soy; pero ahora voy a mostrar un resumen del arte con el que recorrí las galerías del mundo”.

Suena pretencioso, pero la carrera de esta hombre mayor, de cara cubierta por barba y bigote, pelo hacia atrás y audífono en su oreja derecha, vale la pena. Vestido en una gama que va del marrón al verde oliva, dominando una de las mesas del patio delantero del bar de Elorza y San José, se dispone a contar algo del zigzagueante recorrido por el que el destino lo sacó a pasear.

“Vos tenés este grabador, que tiene una cubierta dividida en cosas, y ¿dónde está la máquina de esto? Es invisible. Las cosas siempre tienen un detrás, es como mirarse en un espejo, vos tenés tu figura reflejada y lo que tenés detrás del espejo. Bueno, eso es lo que yo pretendí siempre incorporar a mi pintura, es decir, detrás de un signo otro, y otro, y otro”, dice.

Más allá del impacto estético que puedan provocar sus figuras, del agrado o no del espectador, hay en cada una de ellas la búsqueda de evidenciar un engranaje subterráneo de algo. “Nada está casual, es una cosa muy meditada y muy medida. Es como si yo tuviera un gran microscopio, me interesa mucho más celularmente, una cosa, un dibujo, un plano, porque aparecen toda una serie de situaciones que en un registro normal no lo vas a encontrar.”, explica.

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La cocina de feria

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Una suerte de Feria de las Colectividades gourmet, más pequeña, con menos gente, y sin las colectividades detrás. Bueno, sin todo eso ya no parece las Colectividades, pero sí tiene lo fundamental: los puestos de comida. Sandwiches de todos los tipos pero con una vuelta de tuerca de sofisticación, degustación de cervezas y vinos, delicatessen varias (quesos saborizados, mermeladas, aceites, carnes exóticas, aderezos) y hasta un puesto de plantas aromáticas y verduras atendido por una de las huerteras del Programa de Agricultura Urbana municipal. Aparte de los puestos convencionales también se ven algunos food trucks (camiones ambulantes que venden comida gourmet y que son tendencia en las principales ciudades del mundo).

Cocina Sobre Ruedas es una feria gastronómica itinerante que recorrerá la geografía del país y que arrancó el periplo en nuestra ciudad el fin de semana último; impulsada por el río Paraná y su provisión de peces, que coincidió con el tema principal de la feria: las distintas preparaciones de los pescados de río. Caminando por el piso del salón Metropolitano se pudo ver un puñado de reconocidos cocineros que paseaban como atracciones y posaban cuando la gente les pedía una foto.

Entre ellos, sin ser cocinero, pero íntimamente vinculado a las aventuras gastronómicas, se encontraba Fabian “Zorrito” Von Quintiero, ex bajista de la banda Ratones Paranoicos y actual tecladista de Charly García. Con su onda rockera, las gafas colgadas y una vincha conteniendolé la melena, el Zorrito atiende el puesto de Rolling Chickens, un emprendimiento en conjunto con el chef Pablo Massey que se basa en un pan árabe abierto al medio relleno de pollo al espiedo trozado con panceta crocante y aderezado con una salsa bearnesa (“no es una mayonesa, es mejor, más sofisticado”, le dice –ya totalmente metido en el rol de vendedor- a una señora que le pregunta los ingredientes de la salsa). Sigue leyendo

Las huellas del dolor

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En algún momento del invierno de 1977, la gente de Funes que conocía a Ana Gurmendi dejó de verla. Jamás volvieron a cruzarse con esa joven rubia de 27 años por las calles del pequeño pueblo o en el colectivo a Rosario. Simplemente dejaron de verla.

En aquella época del terror la información no se caracterizaba por circular fluidamente, todo pasaba en las sombras. Pero más temprano que tarde empezaron a correr los rumores. “En ese momento uno pensaba que el compañero que faltaba sólo había caído preso, no estaba presente la idea de la desaparición, eso se fue sabiendo después”, dice Silvia Cochet, que conocía a Ana “de vista”.

Claro que la familia y su círculo íntimo sabían lo que pasaba. Aunque tampoco tanto. “Fue una cosa que es muy difícil explicarla al día de hoy. Ahora uno dice la palabra desaparecido y todos sabemos lo que es, pero en 1977 nadie sabía de esa palabra. Ana había comentado un día en casa que se habían enterado que en un lugar de por acá habían metido presos a gente de la militancia y después habían negado su apresamiento, es decir que ni siquiera se usaba la palabra”, cuenta Jorge Gurmendi, su único hermano.

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Ana hizo la secundaria en el Superior de Comercio de Rosario y luego estudió Estadística Matemática en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNR. En algún momento, antes de recibirse, comenzó a militar en la Juventud Peronista, visitaba barrios humildes como Las Flores o Villa Banana. En esa militancia conoció a Oscar Capella, que luego se convertiría en su novio, con quien se fue a vivir a Rosario. Aunque su hermano dice no poder saberlo con certeza, diversas fuentes indican que Ana y Oscar eran miembros de Montoneros. Dentro de la organización eran conocidos como la “Gringa” y el “Foca”.

“Ella estaba en la JP, ¿y adonde termina la JP y empieza Monotoneros? Eso no lo sé. Pero evidentemente estaba identificada con Montoneros. Yo creo que mi hermana no vio un arma a menos de cien metros jamás; era militante, por ahí grupos intelectuales”, explica Jorge.

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La primavera hondurena que no fue

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Hace algunos meses hacíamos una entrevista que finalmente no vio la luz en ningún medio. Allí, el entrevistado, Fabricio Estrada, poeta y militante social hondureño, palpitaba las -en aquel momento- próximas elecciones presidenciales del 24 de noviembre pasado y se esperanzaba con que LIBRE, su partido de izquierda, diera el batacazo, algo que según las encuestas era probable. Las elecciones pasaron y los cómputos oficiales mostraron ganador a Juan Orlando Hernández, pero desde LIBRE acusaron fraude y avisaron que iban a defender el resultado en la calle. Finalmente, luego de un mes convulsionado, la Corte Suprema rechazo el recurso de amparo presentado por LIBRE y estos reconocieron el “triunfo cuestionado” de Hernández. A continuación la entrevista.

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“El día a día en Honduras es el de una debacle humana. Lo que aquí vivimos es atroz. Cuesta que nos lo crean si no se vive cada día las innumerables muestras de sadismo y locura espantosa. Ajusticiamientos, matanzas colectivas, sicariato a toda hora y en todo lugar, descuartizamientos, decenas de niños baleados y sufriendo las consecuencias psicológicas de vivir en medio del fuego cruzado”, quien cuenta esto es Fabricio Estrada (Sabanagrande, Honduras, 1974). Y no responde a una exageración mediática ni a una sensación, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) el país centroamericano es el que detenta la mayor tasa de homicidios del mundo. Para establecer una comparación, la tasa de homicidios de Argentina (de 2008, última medición medianamente confiable) es 5,8 por cada cien mil habitantes, la de Honduras de 2011 es 91,6 cuando la de 2008 era 61,3.

En medio de esas fechas, el 28 de junio de 2009, mediante un extraño intríngulis entre la Corte Suprema, el Congreso, algunas corporaciones mediáticas y las Fuerzas Armadas, estas últimas arrestaron bajo el cargo de traición a la patria al entonces presidente Manuel Zelaya. Mientras en las calles se reprimía a quienes apoyaban al presidente depuesto y algunos medios refritaban viejos partidos de fútbol o dibujitos animados, el presidente del Congreso, Roberto Micheletti, asumió la presidencia transitoria del país y convocó a las elecciones previstas para noviembre de ese año, que dieron ganador a Porfirio Lobo, del conservador Partido Nacional. “Cuando la Comunidad Internacional permitió que se validaran las elecciones de Porfirio Lobo intrínsecamente dieron carta libre a esta debacle”, dice Estrada, que además de poeta (hace algunos días estuvo en Rosario participando del Festival Internacional de Poesía) es militante político del Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), formado para defender el gobierno democrático de Zelaya durante los convulsionados días de la estación húmeda de 2009.

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Una de aventuras

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Había una vez un pibe cordobés que, junto a su familia, se fue a vivir a la Patagonia. Allí conocieron una comunidad de bóeres o afrikaners, sudafricanos descendientes de holandeses. Se hicieron fanáticos de África al punto tal que su padre propuso mudarse al continente negro, aunque la idea no prosperó (sus padres vivieron allí dos meses de prueba pero su madre no lo toleró y regresaron).

Se había truncado así el sueño de padre e hijo. Sin embargo, con la literatura de aventuras de Stevenson, Conrad, Salgari y Verne, el pibe viajaba una y otra vez hacia las profundidades de aquel continente que imaginaba mágico y misterioso. El solo leer nombres como Kilimanjaro, Zanzíbar, Tombuctú, Tahití o Kenia excitaba su glándula de aventuras.

La familia abandonó el sur, el pibe creció, volvió a Córdoba, estudió medicina, trabajó en más de treinta rubros (“desde empleado en una librería hasta vendedor de choripanes”, cuenta hoy) y, finalmente, se largó a cumplir los sueños de la infancia.

“Un día decidí dejar de leer sobre esos lugares, y empezar a tratar de conocerlos. Así pude intentar –e insólitamente lograrlo- escalar el monte Kilimanjaro, y otras montañas africanas, acompañado siempre sólo por nativos; pescar con red con los maoríes de la Polinesia o atravesar a lomo de camello la legendaria Ciudad Perdida de Tombuctú en el Sahara. Y así descubrí, que eso no era algo que solo estaba reservado para los personajes de las novelas o para personas muy ricas. Sino para cualquiera que estuviera dispuesto a hacerlo”, explica.

Todo su dinero lo empezó a gastar en viajes, fue al menos dos veces a cada uno de los continentes y pisó suelo africano en doce ocasiones distintas. Siempre en forma económica, cada vez que visita un lugar se aloja en viviendas de nativos, convive con ellos por lapsos prolongados y conoce su cultura. Varios de sus mejores amigos son africanos y hasta una de las mujeres que más ha querido es sudafricana de la etnia zulú. “La gente se sorprendería si supiera que se puede viajar a lugares que parecen inalcanzables, gastando a veces menos que lo que se gasta en un buen verano en Mar del Plata”, dice.

En alguno de esos viajes al África escaló el monte Kilimanjaro (el punto más alto del continente, con 5892 metros) junto a tres miembros de la  tribu chagga. Cada noche hacían un fuego, se sentaban en ronda y contaban historias. “Ellos decían que yo era bueno haciéndolo, que era un buen contador de historias, lo que en África es un motivo de gran orgullo”, cuenta.

Parece que era tan bueno con eso de las historias que una vez le preguntaron si era escritor. El se rió fuerte ¡Que iba a ser escritor! Sin embargo algo le despertó, no se quedó con la duda y empezó a probar suerte escribiendo historias de aventuras ambientadas en su continente favorito. Pagó de su bolsillo una edición cordobesa de su primer novela: África: Hombres como dioses, que cuenta la historia de Shaka Zulú, “un rey guerrero que transformo a sus hombres en los mejores soldados de África”. Pagó cinco ediciones más, se agotaron todas.

“Si hubieras nacido en Estados Unidos serías Wilbur Smith, pero naciste en Córdoba, así que resignate a esto”, le dijo su editor cordobés. Pero no se resignó: “Yo quería que fuera esa editorial (Sudamericana-Mondadori) la que me publicara y lo que hice fue conseguir los nombres de todas las personas que trabajan en esa editorial y les envié mi libro a cada una de ellas. Una semana más tarde, en el escritorio de cada empleado, había uno de mis libros. Además los acompañaba una nota que decía: <<Sé que les llegan como mil libros por año y que no pueden leerlos a todos. Por favor, lean éste, aunque sea diez minutos, y mándenme un mail diciendo que no les gustó, de lo contrario les enviare mensualmente otro ejemplar a cada uno de ustedes durante los próximos cinco años>>”, dice.

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De barrios, tiburones y malecones

santa lucia mapa bueno      “Antes los pibes no entendían nada, llevábamos de una a Washington Cucurto y los pibes flasheaban. Pero después nos íbamos y nunca más veían una poesía. Era cómo un shock de poesía”. Quien habla es Federico Tinivella, coordinador del área de Cultura del Centro Municipal de Distrito Oeste, la zona que aglutina los peores índices socioeconómicos de la ciudad. Vamos en su auto a recoger a Ariadna Vázquez Germán, para luego llevarla hasta el colegio N° 569 del barrio Santa Lucía, cerca del límite de la ciudad, territorio –como tantos otros- testigo del crecimiento de la violencia y la delincuencia organizada a fuego y plomo.

Federico explica que para lograr algo que tenga menos de shock y más de continuidad, hace unos años decidieron generar un ciclo de visitas poéticas a la escuela, con poetas de la ciudad, y que el poeta invitado al Festival llegue como la frutilla del postre. En rigor, en un rato nomás, Ariadna estará cerrando el ciclo“Los poetas hacen escuela”.

Llegamos al hotel, pero Ariadna recién empieza desayunar: jugo, café, ensalada de frutas; un típico desayuno centroamericano. Esperamos afuera y, casi como si fuera una necesidad, hablamos de poesía. “Una vez leí Pizarnik tratando de escribir novelas o cuentos y no va, no se puede sacar la poesía de encima”, dice Federico, que también es poeta, escritor y fotógrafo. “Naa, lee la poesía de Bukowsky”, me dice cuando le digo que sólo leí algunas de sus novelas y cuentos, y que no me gustaron. Le cuento que ayer, la lectura tumbera de Oscar Fariña me hizo cagar de risa, “voy buscar algo de él”, dice. Sale nuestra poetisa y partimos rumbo a la escuela.

“Hoy estoy bien, pero ayer me levante con una cruda, ¿cómo le dicen ustedes?”, dice Ariadna. Una resaca. Le recomendamos lugares para recorrer a la vuelta, y nos cuenta que hace unos días, en Buenos Aires, “se armó un rebulú” en medio de la calle. Unos de verde –que suponemos serán gendarmes- quisieron confiscarle la verdura a unos vendedores ambulantes, que se resistieron y la emprendieron a verdurazos contra los verdes. Nos pregunta si acá la gente está re loca en la calle. Y hablamos de las distintas culturas viales latinoamericanas. Y también hablamos de otras cosas.

“La poesía en la isla es más bien lírica, medio barroca –nos explica-. Hay como dos estilos marcados, este, y uno que apareció en los 90, más directo, más soez. Yo estoy ahí, flotando entre los dos, en la lucha de poder escribir poesías sin objetivar, pero es difícil”.

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San Telmo querido!

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“¡Vamos San Telmo todavía, vamos San Telmo!”. Los gritos del loco eran una fija. Cada vez que los muchachos de aquel barrio sin nombre, al noroeste del casco urbano de la ciudad,  jugaban un partido de futbol desafiando a los demás barrios de Funes, Telmo Gómez aparecía montado a su caballo blanco. “¡Vamos San Telmo!”. Sus gritos anunciaban su silueta de gaucho traspolado al siglo XX.

Nadie sabía bien a quien se dirigía ese grito ni a que refería. Telmo era su nombre, si, pero no se sabía –o al menos hoy quienes lo vivieron no lo recuerdan- si ese grito era una canonización antojadiza de sí mismo, o si San Telmo era el nombre con el que había bautizado a su compañero equino. Lo que sí se recuerda es que al loco Telmo le gustaba empinar el codo, y eso, a veces alcanza para explicar muchas cosas.

“Telmo era como Tito, un loco e mierda -dice Eduardo José Rodríguez, hoy de 88 años pero por aquel entonces uno de los pibes que fatigaba esa cancha lindante a un campo de frutales bajo la sombra de los eucaliptus-. No se dedicaba a nada, se iba con los perros galgos, se traía una liebre, se la comía. A lo mejor trabajaba en el pasto, con la horquilla, juntaba maíz….pero tenía más boliches que changas”.

Con el tiempo, como si fuera la melodía del heladero durante la siesta de verano, el grito del loco Telmo se había transformado en una cadencia omnipresente en ese barrio de frutales que eran sistemáticamente saqueados por la muchachada de la década del 30. Un poco más de tiempo y el barrio empezó a identificarse con el nombre de San Telmo.

“Yo era inside izquierdo –dice José, acomodado en un sillón de su casa de General Paz y Suipacha, al lado de su esposa, Angela Samanek, juntos desde aquellas épocas doradas-. Inside izquierdo. Hace 70 años el futbol se jugaba distinto, “antes se jugaba más al futbol”, dice el viejo de boina. Ok, las viejas formaciones tenían sólo dos defensores, tres mediocampistas y cinco delanteros, pero, inside izquierdo ¿dónde jugaría ese?

Después de hacer un esquema en el cuaderno José explica que lugar de la cancha ocupaba cada jugador y que nombre inglés llevaba ese puesto. Abajo fullback izquierdo y derecho; al medio el centrojás (el 5, “era el principal hombre que dirigía el equipo, está allá, está acá, está abajo, está en todos lados”, dice), a cada uno de sus costados los halfs (“aff”, dice José a la vieja usanza); arriba, en cada extremo, los dos wines, más adentro los dos insides, y en el medio, molestando al arquero, el 9, el centroforward. “Los insides corrían, traían la pelota de abajo para arriba”, dice. ¿Cómo hacían sólo dos defensores para arreglárselas contra cinco delanteros? “¡Había que correr!”, dice entusiasmado mientras se acomoda los anteojos de pasta. Sigue leyendo

Ser funense: La busqueda de una identidad esquiva

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“Yo tengo mi identidad acá, yo soy funense porque lo elegí yo, crié a mis hijos acá, yo defiendo a Funes, quiero a Funes y me peleo por Funes. Para que Funes sea perfecto lo único que le faltaría es la cancha de Central y ya no necesito más nada. Mi ciudad es Funes, no importa donde nací”, dice Horacio Herrera, propietario de La Panadería, radicado en la ciudad desde hace 16 años. Desde ese momento toda su vida gira en torno a Funes. Sin embargo, con dolor, cuenta: “He sentido la discriminación”.

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Fue grande y rápido el sacudón que le dio al pueblo de Funes el aluvión inmigratorio de las últimas décadas. En un periodo de tiempo relativamente corto, los no muchos habitantes autóctonos  (conocidos como NYCs, que quiere decir nacidos y criados) vieron como el viejo pueblo se llenaba de habitantes aceleradamente y como se iban transformando algunos de  los rasgos cotidianos de su vida. Por caso, de a poco, notaron que los habitantes ya no se conocían todos entre si. En todos los casos, el vecino tenía una característica común: venía de Rosario.

“Ellos llegaron buscando contacto con la naturaleza y aire libre, pero claro, el contacto con la naturaleza es pesado, porque el barro es terrible. Y la luz se cortaba mucho más que ahora, entonces nosotros teníamos lámparas a gas y soles de noche, entonces cuando llegaron pidieron mejorado, querían más luz porque acá hay muchos árboles y poca luz. Después querían gas. Y cuando consiguieron todo que pasó, trajeron la inseguridad, congestión. Entonces ahora ya se van a cansar de este pueblo una vez que lo hayan transformado en el lugar de donde vinieron”, dice Coqui Di Giuseppe, funense desde sus primeros días de vida.

“Yo a los cambios los viví como los cambios en el cuerpo humano, yo ahora tengo 50 pero no me acuerdo como era cuando tenía 20, el cuerpo se va degradando de tal manera que vos llegás a los 50 y no sufrís tanto. Pero si vos a los 20 de golpe te transformas en un hombre de 50, ahí si sufrirías un montón porque hiciste un cambio muy rápido. Y eso es lo que le pasa a algunos amigos  que se criaron acá, se fueron porque se casaron, y ahora que volvieron sufren tremendamente porque no pueden adaptarse; porque no está más el Funes que nosotros conocimos”, agrega Di Giuseppe.

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Hacia la segunda mitad del siglo XIX, cuando nuestro país recién comenzaba a establecer sus bases modernas, comenzaron a llegar masas de inmigrantes desde el otro lado del océano. Los sectores predominantes de  la sociedad, que hasta ese momento deambulaban a sus anchas por las ciudades, comenzaron a sentirse invadidos por esas multitudes que cuando no hablaban otro idioma lo hacían con acento extraño. No dudaron en irse a refugiar al campo -que se convirtió en el último reducto adonde se resguardaba el sentir nacional- ni en negarles la nacionalidad y, por consiguiente, la ciudadanía (recién pudieron acreditarse como ciudadanos argentinos y votar en 1912).

Esta actitud se refleja y reproduce en todas las facetas de la vida en donde intervienen grupos humanos. Los que llegaron antes siempre hacen sentir su pertenencia a quienes llegaron después, es el famoso derecho de piso. Lo nuevo siempre representa un cambio, y la mayor parte de los seres humanos, por naturaleza, posee una íntima aversión al cambio; de ahí que la primer reacción sea un rechazo frontal a lo nuevo para luego ir asimilándolo de a poco (aunque no siempre). Es que, al fin y al cabo, el cambio es acaso lo único que permanece en el tiempo.

Hay también mucho de tontería en esta negación de lo nuevo. Dado que absolutamente todas las ciudades del mundo han nacido al calor de personas que llegaban de otros lugares, negar a los nuevos habitantes es negar la propia esencia de cada ciudad o pueblo. Ni Funes, ni Rosario, ni Argentina, ni ningún otro lugar existirían si no fuera por los inmigrantes que llegaron a ocupar sus tierras. Pero bajo esa raíz tan tonta se esconde una perdurabilidad tan profunda que ha llegado a generar guerras y matanzas a lo largo de todo el mundo. Como ya lo dijo Norbert Elias (ver aparte), el solo atributo de la antigüedad es suficiente para que un grupo social discrimine furibundamente a otro casi idéntico.

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Y que florezcan mil flores

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Pega el sol de este raro otoño sobre la Plaza San Martín, son las cuatro de la tarde. Gente de todos los sectores sociales -con amplio predominio juvenil- se ha congregado para, en un rato más, marchar rumbo al Monumento a la Bandera en el marco de la Marcha Mundial de la Marihuana, una marcha que comenzó a realizarse en algunas ciudades del globo allá por 1999, y en Rosario (la primer ciudad del país en organizarla) tuvo su bautismo en 2002. Aquella vez, entre todos, no juntaron más de treinta rosarinos, que soportaron la mirada estigmatizadora de una sociedad, sin lugar a dudas, distinta a la actual.

Gente tirada sobre el pasto, otros parados, algunos haciendo malabares, unos tomando mate, alguno que otro cerveza, escuchan las bandas que tocan en el escenario y a los oradores del acto. No hace falta aclarar cual es el olor que se respira en la plaza, la marihuana que buena parte de las personas aquí reunidas guarda en los bolsillos es de lo mejor que se encuentra en la ciudad: las apreciadas flores provenientes de los cultivos hogareños. Toda esta gente está reunida por una cuestión clara: principalmente pedir la derogación de los artículos de la Ley 23.737, de Tenencia y Tráfico de Estupefacientes (aprobada en 1989, cuando Carlos Menem recién comenzaba su hipnosis social) que sancionan con pena de prisión a los consumidores de drogas. Algo que pareció estar cerca luego de que la Corte Suprema de Justicia de la Nación -en agosto de 2009- declarara inconstitucional el segundo párrafo del artículo 14 de la ley y, tiempo después, el senador Aníbal Fernández -una de las principales figuras del oficialismo- presentara un proyecto de ley que avanzaba en ese sentido. Contradictoriamente, meses más tarde, el mismo espacio político cajoneó el proyecto.

“Así que nosotros queremos que el Estado nos provea de marihuana o nos permita cultivar nuestra propia marihuana”, vociferará desde el escenario Ignacio Canabal. La idea podría haber sonado como un chiste no mucho tiempo atrás pero desde que el gobierno uruguayo presentara -el año pasado- el proyecto de regulación de drogas más avanzado del mundo el umbral de demandas ha aumentado considerablemente. El proyecto impulsado por el Frente Amplio uruguayo establece que el Estado será el encargado de proveer la marihuana que estime necesaria a aquellos ciudadanos que previamente se anoten en un registro de usuarios. “No estamos de acuerdo con que la marihuana sea de venta libre como el tabaco y el alcohol y que se pueda vender en un quiosco. Por eso nos parece fundamental la participación necesaria del Estado en una reivindicación de su rol”, explica a Señales Canabal, Presidente de la Asociación Rosarina de Estudios Culturales, organizadora del evento.

“El 75% de los usuarios de drogas ilegales son personas normales, como todos nosotros, como los colectiveros, como los estudiantes, los trabajadores, no son adictos”, dice desde el escenario Pablo Ascolani, Secretario de AREC. Cerca de las cinco los parlantes avisan a la gente que se preparen a marchar y en no más de quince minutos la ancha columna de personas ya está desfilando por calle Córdoba. Carteles, disfraces, y el humo -que no se irá nunca- avanzan al ritmo de los cánticos y las arengas. “Auto-cultivo, auto-cultivo”, es lo que más suena. Son cinco cuadras de marchantes que se llevan las miradas de las familias que salieron en plan de shopping sabatino o toman algo en las mesas de los bares.

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Chocolate Aguirre: el de los guantes de oro

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Las tribunas de Sportivo América explotan de gente. En el cuadrilátero la traspiración de los boxeadores, mezclada con la sangre de las heridas recién abiertas, ensucia la lona. De un lado pega Oscar Alvarenga, uno de los mejores boxeadores de Rosario, que viene de banca a revalidar el título que tiene bajo el brazo. Del otro, un novato, desconocido en el circuito. Un tal Chocolate Aguirre, ni su entrenador le tiene demasiada fe. Pero van pasando los rounds y el joven de veinte años sigue en pie. Distrae con la izquierda y suelta unos uppercuts que van a parar con fuerza volteadora derecho al mentón de Alvarenga. En los golpes de Aguirre, se esconden decenas de peleas barriales en las calles del barrio Triángulo rosarino.

Cada una de las piñas y más piñas que recibe la cara de Alvarenga van diluyendo de a poco el favoritismo inicial. Chocolate gana la pelea y se queda con el título de Guante de Oro, el estadio lo ovaciona. “Yo estaba capacitado para pelear con cualquiera. Me había agarrado mucha veces a piñas en la calle”, cuenta con su voz chillona, Eduardo Aguirre, cuarenta años después.

Hoy Tito, el Ciruja, sentado en una silla del maxi kiosco “Los Tíos”, recuerda esos años gloriosos que pasaron entre el fragor de la juventud, la plata que pagaba el box y la nebulosa que deja el whisky cuando se lo toma en exceso. “Era muy borracho de más”, confiesa, sin vergüenza pero sin orgullo.

Allá por los finales de la década del 60, Tito, rosarino de nacimiento, trabajaba en el puerto. En algún momento su patrón dejó de pagarle y necesitó plata. Alguien lo incitó para que pruebe con el boxeo y él, que desde siempre se peleaba por placer para hacerse respetar, no le buscó muchos peros al asunto. Apareció por el gimnasio que había en la Jefatura y lo primero que le dijeron fue que con ese pelo largo (aindiado, como lo lleva hasta hoy) no podía pelear. “Primero me pruebo, si sirvo después me lo corto”, respondió.

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