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El ruido y la furia en el autodromo

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“Hay que ser boludo para poner las acreditaciones tan lejos del predio”. El tipo maneja su coupé Megane roja con andar pistero. “¿Sabés llegar?”, pregunta mientras lo guio rumbo al autódromo por las calles irregulares de 7 de Septiembre. Tiene un hablar campechano, gorra y camisa con marca de lubricante, lleva calzados un par de lentes de sol, los de leer le cuelgan sobre el pecho. Viene de Zavalla a cubrir la carrera, aunque en rigor viene más a mirar que a trabajar: “escribo un par de boludeces y listo”, cuenta torciendo la boca.

Son las 4 de la tarde del viernes y este tipo que no para de hablar es algo así como mi salvador. Después de llegar al autódromo para anoticiarme que el lugar de las acreditaciones estaba a unas 30 cuadras, y en efecto caminarlas, sólo quedaba la posibilidad de un salvador motorizado.

Ya avanzamos por Newbery, que hoy tiene un movimiento inusual. La policía, Tránsito y la GUM ordenan a los que van llegando con rostros de ansiedad expectante. De fondo se escucha el ruido picante de los autos del Super TC que están probando la pista, un sonido que llena la sangre de efervescencia. Adelante nuestro cuesta adivinar que ese auto de alerón, tuneado al máximo, alguna vez fue un Renault 12; más allá un Porsche negro que brilla desata la envidia generalizada. Los vecinos, sintiéndose anfitriones, otean desde los umbrales.

Cruzando el Arroyo Ludueña, la calle de entrada está repleta de puestos que venden choripanes, tortas fritas, bondiolas, vacíos, sillas, ropa de campo; a mitad de camino un hombre vende mates, entre ellos sobresale una estatua del Gauchito Gil. En frente, parado en el estacionamiento, sale música del colectivo de gira de Beto Riba, bailantero rosarino que        -sentado en una reposera- aprovecha la oportunidad para promocionarse. En el autódromo flamean las banderas de la Municipalidad, Provincia, y demás sponsors.

“Señor, no se puede dejar el auto ahí, el estacionamiento está atrás”, avisa una agente de la GUM. “¿Y todos estos que están acá?”. “Están mal estacionados y le van a labrar un acta”. “Ma que acta”, dice mi chofer una vez que arranca el auto de nuevo. Dobla a la izquierda, se aleja un poco, y estaciona de nuevo. “Vamo a ver si nos ve este otro”, dice mientras bajamos despacio para no levantar perdices. “¿Esta es la puerta 3?”, le pregunta al otro agente cuando pasamos por al lado.

Dia 1: Pruebas

Para pasar al sector de boxes hay que esperar a que abran el portón durante el receso de las pruebas. El autódromo aún no tiene puente peatonal y la única opción es cruzar la pista a pie cuando lo indica la organización, pasando por debajo del gigantesco semáforo de largada. Por sector de boxes no solo se entiende a la calle aledaña a la pista en donde cada equipo arregla sus autos, cambia los neumáticos, etc.; sino también el amplio playón que queda al interior de la pista, incluyendo las tribunas allí instaladas. Entrar ahí cuesta $350, aunque también se puede ser periodista.

Aquí adentro, en cuestión de horas se ha levantado todo un barrio. Una proliferación de carpas, camiones, trailers y casas rodantes. Desde ahí sale todo, hasta los restaurantes son camiones.

Llegando a la pista se escucha el ronroneo furioso de los autos del Supert TC que están practicando, hoy viernes es día de práctica. Un Vento amarillo hace un rebaje para tomar una curva y escupe fuego del escape. Un rato después, en la tribuna, un muchacho empieza a aplaudir entusiasmado, un auto se salió de pista y, levantando tierra a lo loco, se está yendo de culo contra el muro de contención. La gente en la tribuna se para expectante, son milisegundos que tardan en desvanecerse, el auto patina cada vez más despacio hasta que finalmente se frena cerca de la pared. Hay una especie de morbo oculto en la afición, un disfrute inconsciente de los accidentes en pista, los golpes en la arena del coliseo.

A las 6 de la tarde terminan las últimas pruebas del día, la gente en seguida empieza a desalojar las tribunas. Al lado del imponente camión de Pirelli continúa la larga reunión de técnicos, mecánicos y  organizadores, que ya lleva más de una hora. Forman una ronda irregular, alguien habla, después habla otro; una de esas asambleas donde cuesta ponerse de acuerdo. Algunos, con cara de no querer estar ahí, escuchan impasibles apoyados sobre pilas de neumáticos. El motivo de la improvisada asamblea es curioso: dentro de la telaraña restrictiva con que el gobierno nacional limita los productos que ingresan al país han quedado atrapados los únicos neumáticos permitidos para la categoría. Algunos equipo sólo tienen una tanda de gomas nuevas, otros, sólo gomas usadas. Hay que decidir cómo se afronta el problema.

Al rato la reunión termina y no todos los gestos son de satisfacción. Se decidió que cada equipo entregue todas las cubiertas que tenga –nuevas y usadas- para luego sortearlas. Así, un piloto sin fortuna puede entregar neumáticos nuevos y recibir usados.

Adentro del camión, un grupo de muchachos trabaja a todo ritmo. Con una maquina desarman las ruedas que les van pasando desde abajo, separando los neumáticos de las llantas. “Para nosotros es una cagada porque tenemos que trabajar más”, dice resignado uno que está uniformado con la gorra de Pirelli en la cabeza mientras les alcanza cubiertas lisas a los de arriba. “Ojala que no llueva porque más laburo todavía”.

Elaboración a la vista

En la calle de boxes, la gente deambula entre los autos que están estacionados en sus carpas-garajes. Los mecánicos de cada equipo trabajan en los mínimos detalles mientras soportan la mirada de los curiosos. Dependiendo de si los autos han fallado o no, en algunos equipos el trabajo es movido, meten mano acá, tocan allá, mecánicos abajo, arriba, adentro; en otros, tienen el capot abierto pero miran alguna cosita sin demasiada preocupación. Las herramientas de los boxes son el sueño de cualquier mecánico.

Los autos del Super TC 2000 -al igual que los del TC 2000- tienen todo más atrás, el asiento del piloto -el único que hay en el habitáculo- está mucho más retrasado que en un auto convencional, el volante y los pedales también. La parte en donde un auto normal tiene tablero no existe, sólo hay una tapa adonde se le pega un mapa del circuito. Los detalles de confort aquí no aparecen, todo está a la vista, surcado por fierros, caños y mangueras; rusticidad plena. Al lado del asiento está la batería con los cables que salen rumbo al motor. En la esquina del parabrisas, una camarita adosada controla los movimientos de los pilotos. Ahí adentro un piloto no puede más que sentirse un engranaje en el interior mismo de una máquina a explosión.

El Renault Fluence de Guillermo Ortelli sobresale del resto por que está más afuera. Durante las pruebas chocó contra un muro de contención, por eso es el box con más revuelo. Los mecánicos trabajan a full. Al auto le faltan todas las partes delanteras, incluyendo las ruedas; en el piso hay plásticos rotos y, lógicamente, el capot no está puesto. Uno de los tantos mecánicos, con un pequeño destornillador en la mano, controla con minuciosidad de dentista que los espejos retrovisores funcionen bien. “Para mañana lo arreglan”, dice un agente de la GUM cuando le preguntan si el auto va a seguir sirviendo.

En la Escudería Río de la Plata, mientras unos trabajan el resto come una picada que a esta altura de la tarde es la tentación de cualquiera. “Son motores de moto, ¿sabías?”, dice un tipo. “Si, dos blocks de motos de 430 caballos”, le contesta su compañero mientras siguen en su periplo de curiosear boxes. Por al lado les pasa un cuatriciclo que traslada llantas en un carrito. “Los mecánicos duermen acá mismo, muy raro que se vayan a un hotel”, explica un muchacho del autódromo.

Día 2: Clasificación

Es sábado por la tarde, día de clasificaciones, y ya se ve más gente. Sobre el pequeño terraplén, contra el alambrado del sector generales, un hombre de más de 60 años posa su mirada tranquila en la curva en “U”. Sobre el muro, la vieja radio, con el dial quieto en la carrera, informa todo lo que hay que saber para entender lo que está pasando más allá de ese pequeño pedazo de pista que se ve desde allí. “Quedan afuera”, dice, apenas moviendo las facciones de su rostro curtido por el sol, cuando el de la radio termina de dar las clasificaciones y cuenta que Ortelli y Salerno quedaron afuera.

Por el corredor de tierra, la gente pasa cargando heladeritas o equipos de mate. Entre los comentarios se escuchan tonadas rurales. Los nenes juegan por ahí, levantan tierra, se tiran de los terraplenes. Las chicas de Rosario Más Limpia se encargan de levantar la mugre que dejan los concurrentes. Arriba del terraplén algunas personas se instalan con sillas y reposeras. Un grupo de pibes de buen comer, de alpargatas y sombreros, preparan la picada sobre una conservadora mientras toman fernet con coca en una ollita de aluminio. “Sos un amargo”, le gritan a uno cuando entra despacio a la curva. “Nosotros seguimos más el TC. Nos gusta más porque son autos viejos. Van ma´ a la chapa”, dice uno mientras sacude el fernet. Cada vez que pasa una mujer se vuelven locos; haber ido a La Rosa anoche no les calmó la sed.

Día 3: Carrera

“Muy bien amigos, ya seguimos adelante con este super ochoooo”. Diez de la mañana de un  domingo que amaneció gélido. Desde la platea, frente a la recta principal, la voz del relator oficial se escucha nítida. “Ahora están clasificando para ver como salen en la largada. Son los mejores 8 tiempos de ayer. Compiten uno contra uno, por eliminación. Primero calientan, y tienen que largar en movimiento, hasta que no queden juntos no pueden largar”, explica un hombre que se acurruca adentro de su abrigo.

Los pilotos se baten en un mano a mano de una vuelta, un duelo que desborda de excitación y dura menos de un minuto. La magnífica voz del estadio avisa que se acerca la final: “Para el Super Tee Cee dosmiiiilll, llave final. Aquí tendremos al ganador del Super ocho. Altuna y Werner, Werner y Altunaa. Un Renault Fluence y un Toyota Corolla. ¡Que lucha!”. Largan juntos y ya sobre el final de la vuelta el relato le imprime un suspenso inigualable. “Será victoria nomás de Altuna… se tira por afuera Werner con todoooo, llegan a la par, señoras, señoooress, bandera a cuadros. Va a ganar Altuna, va a ganaaaaaaaarrrrr, ganoooooooo. Tremenda definición, apenas 49 milésimas… nada. Lo llevó ancho, afuera, Altuna para que desacelere Werner, pero el entreriano por el piano, por la tierra, no le aflojó… impresionante esta definición del Super 8”.

Empieza a gotear y enseguida se larga una lluvia constante. “Protetores, a los protetores”, grita un vendedor que ofrece tapones para los oídos. La pista empieza a mojarse. “Atención que está lloviendo y eso puede cambiar las cosas.-Dice el relator- Ahora hay que ver quien cambia las gomas y quien no”. En la pista empiezan a prepararse los autos de la Fórmula Renault, después correrán los Fiat Linea y finalmente el Súper TC 2000 (a primera hora corrió el TC 2000).

Super motores

Pasada la una de la tarde se apresta a largar la principal atracción de la jornada. Desde el borde de la pista sueltan una gran cantidad de globos rojos que se van desparramando en el cielo como una imagen pixelada. Mientras los autos calientan, desde atrás de la tribuna oeste explotan fuegos artificiales, por encima pasa un avión que parece ser atacado por baterías antiaéreas.

El frio no afloja, los autos se posicionan para largar. La lluvia paró pero nadie garantiza que no vuelva. Los equipos no saben qué tipo de neumáticos usar. “La gran mayoría apuesta a los neumáticos de lluvia”, se escucha desde el altoparlante. Las promotoras con paraguas y los mecánicos despejan la pista, en segundos los autos largan en movimiento.

En el primer curvón los autos se amuchan y a la salida Werner ya le robó la punta a Altuna que no la pudo retener ni 500 metros, así será hasta el final. En la siguiente curva ya cambiaron muchas posiciones. Sólo se escuchan motores, la voz del relator se extingue tras esa pared de ruidos fierrero. Al rato la lluvia volverá.

A escasos 30 metros de la pista, apenas detrás del alambrado de la recta principal -donde consiguen la mayor aceleración-  los autos pasan como flechas endemoniadas. El ruido (por todos lados se escucha que los nuevos motores replican el ruido de un Fórmula 1) maltrata los oídos a tal nivel que con los ojos cerrados uno podría imaginarse en medio de un bombardeo; para algo sirven los protectores. Eso sumado al constante movimiento de cuello a gran velocidad hace que a los pocos minutos vengan el mareo y las nauseas. Para colmo, el día se hace cada vez más difícil entre la lluvia y los pies mojados.

Al igual que la radio, la función del relator es fundamental para entender de qué va la carrera. “Uuultima vuelta”, anuncia. En menos de un minuto, el banderillero revolea la bandera a cuadros, Werner cruza primero, mete un rebaje y el auto hace ruidos raros mientras sale fuego del escape. En el box de Toyota se abrazan y saltan exultantes. De los 20 autos que partieron sólo 12 cruzaron la meta.

Enseguida la gente empieza a abandonar las tribunas. En los boxes, que otra vez son un hormiguero, los festejos contrastan con los lamentos. Las promotoras revolotean de nuevo y los fotógrafos se mueven de aquí para allá. En el podio, ubicado sobre un balcón, Werner, Giralami y Rossi reciben los trofeos con forma de monumento y festejan con movimientos de brazos. Cuando descorchan, una lluvia de champan atrapa a Hermes Binner que, desprevenido, huye. Después, los pilotos tiran gorras hacia el puñado de seguidores que abajo pechea por agarrarlas. “Chau Rosario, hasta el año que viene”, se despide el relator.

El movimiento detrás de boxes es tranquilo pero frenético, es la hora de desarmar y guardar y todos quieren volver a casa cuanto antes. Las carpas van desapareciendo y los autos van entrando en los trailers. Pasadas las seis no es mucho lo que queda en pie, colectivos y camiones cruzan el portón de salida. Al lado, en la pista, sobre un cuatriciclo está sentado, con gesto agrandado, el prepotente jefe de los patovicas; en ronda a su alrededor está parado el resto del personal de seguridad. En las manos, el jefe -que parece un general tomando lista a sus soldados- tiene una hoja de papel. Los llama uno por uno, cada vez que pronuncia un nombre un grandote se acerca hasta el cuatriciclo a buscar la paga de cuatro días de trabajo. Cerca de allí, los últimos espectadores salen llevándose neumáticos como suvenir.

Las playas de estacionamiento están casi desiertas. Los pocos carritos que aun no se fueron se van cargando en baúles y portatutos. En los mástiles todavía flamean las banderas del Sueño Panamericano 2019. Detrás, los árboles del Bosque de los Constituyentes parecen preguntarse si alguna vez volverán a ser anfitriones de los supermotores.

Foto de Matías Sarlo.

Crónica publicada el 28 de diciembre de 2012 en el suplemento Señales del diario La Capital de Rosario.

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Una respuesta a “El ruido y la furia en el autodromo

  1. chuecker

    Todavía están corriendo pero ya es mediodía y de a poco alguna gente empieza a rumbear hacia los puestos de comida de afuera. No han vendido lo que esperaban. “Nos mató que la gente puede venir con las heladeritas, se traen todo ahí”, cuenta un hombre debajo de un gazebo mientras prepara un familiar de milanesa. Cada carrito inunda el aire con el olor de lo que cocina, lo que más persiste es el rico olor de la torta asada.
    En el puestito de los mates, de la estatua del Gauchito cuelgan todo tipo de cosas: medallitas, pulseras, rosarios y crucifijos. Atrás, atadas a los caños de la estructura, hay banderas con las cara del Robin Hood correntino. Ese lugar se ha transformado en una pequeña convención de vendedores ambulantes, son tres, con pinta de paisanos. Al más extrovertido le cuelgan gorros con los logos de las marcas de auto. De la mochila saca una botella de agua mineral con un contenido de dudosa procedencia, se lo pasa a uno de los otros, y dice: “¿Qué te puedo cobrar? Tres peso la medida”.
    Campera Adidas de calle San Luis, jean, zapatillas deportivas, pelo largo al estilo Jesús, algo sucio, entre castaño y colorado. Bigote y barba candado, algunos dientes que no están y un arrastre de palabras de borracho. Mirándolo bien -y usando un poco la imaginación- con una vincha roja en la frente y unas boleadoras en la mano, el vendedor de gorros sería una fiel representación del Gauchito.
    “Si vas a entrar entrá ahora”, le aconseja a otro vendedor que todavía no sacó la mercadería de la mochila. “Mirá que acá si te dormís cagaste. Esto es ahora o… ya después se te hace la noche y no vendés más nada”. En eso, por la calle pasa una señorita rubia, botas con tacos, hablando por teléfono. La miran, la miran como hipnotizados, mastican alguna palabra, y el Gauchito dice: “Aah, una costeleta sin grasa”. Después de un rato, saca de nuevo la botella de “agua mineral”, la destapa, y le manda un trago.

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